Hablaba de soledad,

pero no conocía el dolor

amargo como grieta

en el retrato de Dorian,

cuando aprendí sinceramente

a teñir mis ropas

y los distintos rostros de cada día

buscando,

siendo alquimista o místico

poeta en celda,

encontrar aquella combinación que oculte,

descubrimiento anhelado y terrible,

la soledad.

Encontrar cada día las llamas,

accidente cotidiano de esta existencia 

sin luces en la que se convierte

mi aliento gélido,

éste hogar que ya no es,

tras la última noche amarga

aquella en la que me enseñaste,

repito,

la soledad.